domingo, 1 de diciembre de 2013

Los santos.

Los chicos duermen,
ella también.
Hace frío y el silencio es absoluto.
Leo a Carver
con la ilusión del converso,
y pienso que Chejov es adorable
o, tal vez, un cretino presuntuoso,
esa gente odiosa
estúpidamente inteligente.
Un perro ladra lejos
y sólo suena el ruido interior.
Bajo la cortina de la caravana
y la negrura del valle alpujarreño nos engulle.
Unas luces, abajo, a la izquierda,
rompen el infinito oscuro.
Es la noche de todos los santos
y de la montaña negra
me llega un escalofrío:
el recuerdo
de los que están ahí
porque no están.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Nirvana

Dice Miguel Pineda Ortega que me toca hablar de Nirvana.

Oí a Nirvana por primera vez en el Planta, (¿verdad, Ja Peinadomarfil?), era el año 91 o 92 y mi vida era una puta mierda y KC decía exactamente lo que yo necesitaba oír. Creo que nunca he estado más perdido y más enloquecido, entonces llegó Susana Melero y todo comenzó a mejorar.

Probablemente Nirvana fue el último grupo que me gustó como te gustan los grupos cuando eres joven. Poco después comencé a trabajar en la Burbuja y aquel bar en el que la música era el centro y el todo, a mi me vacunó contra el rock and roll y me permitió, me condenó, a oír la música con otra distancia.

Luego, un viernes, llegué al partido de futbito y me dijeron que había muerto. Cada uno tenemos nuestros muertos y KC fue mi muerto durante mucho tiempo. Hay gente que te gustaría que hubiera vivido más para que hubiera escrito o cantado o compuesto más cosas. A mi me hubiera gustado que KC viviera más para que le hubiera dado tiempo a ser un poquito feliz.

No sé si era esto lo que querías, querido amigo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Otoño

Me llama para comprar libros
un señor mayor, con acento canario.
Lo imagino sin pelo, con gafas,
rodeado de libros amontonados.
Una vez me habló de una chica morena
que vio frente a la Facultad de Letras,
-era tan guapa, nunca le hablé-
hace más de cuarenta años.
Hoy hablamos del otoño,
cuando vivía en Granada,
aquel día que le dolía la espalda tanto
que no salía de la cama,
llegó un estudiante de medicina
y le obligó a levantarse entre chillidos.
Se fue a la calle,
era otoño.
Compró un libro de Ivo Andric,
lo leyó en el Café Granada,
-El Suizo-, le rectifico.
Lo leyó sin parar,
aunque dice que lee lentamente.
Lo leyó entero
y, ahora, cuarenta años después,
recuerda que fue
uno de los días más felices de su vida.

Y yo quiero regresar, envidioso, 
a mis cielos rosas
de Sierra Elvira.

viernes, 18 de octubre de 2013

Luminosa.

El invierno pasado la veía cuando volvía a casa
era negra, grande, con el pelo rizado, muy gorda
estaba parada en la rotonda y, a veces,
sonreía a sus compañeras.
La miraba y pensaba si habría vendido más que yo
un padre de familia burgués que vuelve
del trabajo, del fútbol, de la ciudad.
Me acostumbré a verla, gorda y grande,
y a pensar, desde la vespa,
si tendría tanto frío como yo
allí, esperando.
Ha llegado septiembre y ya es de noche cuando vuelvo;
miro y no está.
Han abierto una gran tienda,
con carteles azules gigantes iluminados,
hay muchos coches en su rotonda
y ya no están ni ella ni sus compañeras.
Acaba el mes, empieza el  frío,
la Vespa tiembla y ella está
un poco más abajo,
fuera ya de la ciudad luminosa.

sábado, 3 de agosto de 2013

Charles y Francis

Llega pidiendo perdón por lo guapa que es.
Incómoda, no le interesamos,
ni libros ni libreros,
más allá de su misión.
-¿Tenéis algo de Bukowski?-
El viejo borracho se levanta de un salto,
le mira disimuladamente el escote,
ya no tiene resaca, ni malhumor de 40 cervezas.
-No, lo siento, no tenemos-
Se gira y deambula entre las estanterías,
entran otros clientes y la contemplan sorprendidos:
tendrá cerca de 30 años
esa edad en que eres adulto casi siempre,
casi en todos las situaciones.
No entre libros viejos.
Aquí todos somos recién llegados.
-¿Algo de Fitzgerald?-, le pregunta a Max,
Francis salta presuroso, luego se esconde,
veo dos ojos furibundos en el escaparate,
a Zelda ya no la dejamos entrar,
él se arregla el flequillo,
piensa en herencias y bellezas perdidas,
disimula y no se atreve a girarse,
el odio atraviesa los cristales.
-Tampoco, lo siento.-
Max me susurra que son para su novio,
Charles y Francis se vuelven indignados.
Les pido silencio a los dos hipócritas.
-Esconderos ya, no sea que os vea alguien.
Para su novio moderno, un moderno con suerte.
Lo imagino avergonzado de la belleza excesiva,
incapaz de disfrutar sin pensar.
Abre la puerta con decisión,
camina deslizándose,
respira buscando aire,
otra vez adulta y libre, segura y tranquila,
gafas de sol negras,
parece que mirara a Zelda con desprecio.
No comprará libros.
Estúpido mundo
que se avergüenza de la belleza.

sábado, 6 de julio de 2013

Juan, 55.

Ayer hubiera cumplido Juan 55 años. Encontré el email que os reproduzco hace unos días por casualidad; nunca acabaron de gustarme sus fotos, en la carencia se ve diferente. No todo es tan efímero: quedan la memoria y el dolor.

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Hola


  "Caminante, no hay camino,  se hace camino al andar,............................"


    Esta semana se cumplieron 70 años de la muerte de Antonio Machado, uno de los mas grandes poetas españoles. Murió en el exilio , en Collioure, Francia, el 22 de febrero de 1939.
    Hay pocas cosas mas efimeras que una huella en la nieve. Sirva esta foto de homenaje.

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...

Nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.

Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso...

Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."

Golpe a golpe, verso a verso.




Poemas de Antonio Machado

Salu2
Juan Ruiz, 1 de marzo de 2009.

miércoles, 26 de junio de 2013

El Delta y Pepita.

El sol brilla un poco en el Mediterráneo y otro poco en el Ebro. Las nubes filtran la luz y el agua es gris plata y el cielo a veces negro y otras azul. Las gaviotas, de varias especies, unas muy grandes y otras pequeñas y con la cabeza negra, hacen pruebas de vuelo, se paran sobre el aire y se lanzan a picotear comida entre la hierba. No hay ningún sonido que no sea natural. Es algo parecido a un extraño silencio en el que, incluso, los acúfenos parecen esfumarse entre el murmullo del mar y del río. Anoche no había luces, ninguna luz salvo lejanos pueblos, pequeños además, que dibujaban una guirnalda semicircular en el horizonte.

Sale el sol y me cambio de ventana para leer la introducción a Pepita Jiménez (que me ha encantado). Hay matorrales y una laguna detrás. Vuelan vencejos, golondrinas y gorriones. Manuel dice que a él le gustan los pájaros pero sólo los gorriones, que son los bebés de todas las demás especies. Una tienda de campaña a la izquierda de unos señores con un coche recién lavado, una cámper a la derecha y otra autocaravana un poco delante. Al otro lado del río, en la Isla de Buda, aparece un coche, llega hasta la orilla, da media vuelta y se marcha. Me quedo con la duda de si a Valera le gustaban las novelas de Pérez Galdós. Me regaño por no haberlo leído antes. Leo lo que cuenta de que a los españoles no les gusta leer a autores españoles y me parece un párrafo actual.

El paisaje se asemeja al de Cabo de Gata, pero sólo en las zonas salvajes: hay más humedad y más agricultura, y no hay plásticos, los arrozales están dibujados por un matemático enfermizo y, en una relación de ideas facilona y peregrina, me dan ganas de oir a “El pecho de Andy”. Dice Valera que hay que escribir y publicar muchas novelas para ver si sale alguna original. Acertó en su generación. Pepita es una novela magnífica, el uso del lenguaje es brillante, el final es atrevido por normal y los personajes son reales. La única sombra es la inevitable omnipresencia del tostón religioso. Este verano viajaré por la segunda mitad del siglo XIX español. Susana se levanta y el perro del vecino ladra. El día se ha despertado.

viernes, 14 de junio de 2013

Alfonso Guerra - Una página difícil de arrancar.


Salgo del médico y reclamo un juguete. Me siento débil y quiero regresar a la infancia. Por suerte, S. me da la razón como a los locos y me lleva a comprarme un libro. Las memorias de Guerra. Un tocho de 642 páginas. Tengo que esperar a acabar los exámenes para empezarlo. Exámenes. No hay nada que de más ganas de leer un libro que no tener en absoluto tiempo para leerlo. Pensémoslo bien: ganas de leer un libro escrito por un político español. Ahí falla algo. Si ves un rato un telediario compruebas fácilmente que la mayoría de nuestros políticos, (no sólo los del gobierno, también los de la oposición), tienen graves problemas para encadenar dos subordinadas con sentido. No digamos un libro.

Guerra defiende la transición, como no puede ser de otra manera, fue hombre clave en ese periodo y en los nueve años que estuvo en el gobierno. Espera, ¿sólo nueve años? En la transición, esa madrastra que sirvió para que España avanzara de golpe cincuenta años pero que es la tremenda culpable de que cuando se acabó empezara a retroceder, curiosamente, otros cincuenta, había varios políticos capaces de perpetrar libros interesantes y amenos. Siempre recuerdo las memorias de Calvo Sotelo. Un presidente del gobierno que manejaba subordinadas como si nada y que escribió un libro interesantísimo sobre el ejercicio del poder y sobre cómo y porqué tomó decisiones en el poco tiempo que fue primer ministro. Ojalá la derecha española tuviera políticos como Calvo Sotelo. Y la izquierda como Guerra.

Pero, ¿qué izquierda? ¿la que pacta reformas constitucionales a oscuras y dice que bajar los impuestos a las rentas altas es de izquierdas? Guerra sale del gobierno en 1991 y el PSOE comienza a convertirse en un partido social-liberal, que básicamente, consiste en hacer la política económica de la derecha conjugándola con mayores libertades individuales y algunos avances sociales. González entre el 91 y el 96 comenzó el trabajo sucio que luego culminó Aznar con la entrada en el euro y que a Zapatero le funcionó mientras la burbuja que todos pensábamos que iba a explotar se mantuvo. Cuando explotó, no supo qué hacer y se rindió cobardemente. En la primera parte del libro Guerra cuenta como los renovadores, (hay calificativos que hablan por sí solos), toman el poder y cambia la política del PSOE. Es el tiempo de Solchaga y de la cultura del  pelotazo que es una forma campechana de llamar a todos los tejemanejes pseudo-legales que se inventaron para empezar a robarnos. Espera otro poco: ¿socialismo-liberal? Es decir, redistribuimos pero poco o redistribuimos lo de los que tienen poco.

Ejemplo especialmente sangrante: cuando se crea Argentaria, el estado tiene una banca pública fuerte, saneada y capaz de dar crédito. Una banca que, además, da muchos beneficios. Y que inmediatamente es privatizada para mayor gloria de la banca privada. Leamos a Guerra: "Estas operaciones de estafa ideológica son las que minan la confianza en las ideas del socialismo, son las que hacen pensar a muchos que las diferencias entre la izquierda y la derecha se han borardo y que todas las políticas sirven al mismo señor..." ¿Qué más podemos añadir? Sólo una cosa: Alfonso, ¿por qué no te opusiste?

El otro gran tema del libro, junto a la rendición del socialismo, es el nacionalismo y más concretamente la deriva, absurda, del PSOE hacia posturas filonacionalistas. Os recomiendo que leáis los párrafos sobre el estatuto andaluz. Una delicia si no produjeran vergüenza ajena. El retrato que hace de Chaves y el PSOE andaluz es todo un poema, tal vez, nada que no sepamos pero contado desde su interior estremece. ¿Por qué en una organización centenaria y de izquierdas como el partido socialista se permite que un tipo mediocre y nada progresista esté tantos años al mando? ¿Por qué, además, nos tuvo que tocar a nosotros como presidente?

La clave del libro, y de la situación de la izquierda en España y en el sur de Europa, la da Debray en una carta que le envía: "¿Qué relación hay entre las elaboraciones doctrinales de las formaciones de izquierda y la conducta efectiva en los gobiernos que participan?" Es decir, ¿qué coincidencias hay entre lo que quieren los votantes y los militantes de los partidos socialdemócratas, (los demás partidos de izquierda rara vez gobiernan), y lo que hacen las élites que gobiernan con esos votos? Ninguna. Casi ninguna en el mejor de los casos. ¿De qué nos sirven partidos de izquierda si por maldad o dejación hacen políticas de derechas? 

AG durante todo el libro insiste en que uno de sus objetivos ha sido no dividir el partido en dos bloques. ¿Qué hubiera sido mejor, un PSOE dividido en dos o el partido rendido ante las políticas neoliberales que hemos visto? Nos han dicho tantas veces que no se puede hacer otra política que sólo caben dos opciones: si eso es cierto, no vivimos en democracia sino en una jodida y maquillada dictadura y si no es cierto, los dirigentes de los partidos de izquierdas son unos cobardes y unos vendidos. 

         Y la pregunta es: Alfonso, ¿por qué no te opusiste más a todo eso?

jueves, 30 de mayo de 2013

El Templo Blanco. (Crónica de la búsqueda de la visión verdadera).

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna.  Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía.  Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret.  El ciego se puso a gritar:  “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.  Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte:  “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”.  Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran.  Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó:  “¿Qué quieres que haga por ti?”.  Señor, que yo vea otra vez.  Y Jesús le dijo:  “Recupera la vista, tu fe te ha salvado”.  En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios.  Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios”.


Lucas 18, 35



El primer templo que visité buscando encontrar la visión verdadera era de mármol gris. Las puertas tenían cristales tintados, se habrían a tu paso y, dentro, los músicos escondidos en un techo secreto interpretaban melodías como si mañana se fueran de vacaciones y odiaran a los pobres fieles que, serios y un tanto compungidos, esperaban sentados en un extraño semicírculo cuadrado en el que, manteniendo cuidadosamente las distancias, se estudiaban los unos a los otros mientras consultaban sus tablas de luz.


En la entrada, dos jóvenes sonrientes y vestidos de blanco, que serían novicios ya que nadie más sonreía en el templo, bromeaban y atendían la puerta y las campanas y a los futuros fieles. Me fueron pasando por diversas estancias de la gran cueva, fui visitando sacerdotes de diversa graduación, cada uno sonreía menos que el anterior: el poder los hacía distantes. Cuando llegué al gran jefe no se permitió ninguna alegría. Su sabiduría se escondía detrás de un pelazo que lo hacía parecer cuidadosamente cercano. -No, no hables conmigo de rupias, para eso están los novicios-. Entendí porqué sonreían. El sumo sacerdote me prometió la visión eterna y criticó con educada dureza a los demás templos. -No tienen la Auténtica Gran Piedra Sagrada. Las rupias, luego-.


El segundo templo era blanco inmaculado. Luces blancas, paredes blancas, puertas blancas. Algún cristal tintado de blanco y algún trozo metálico rodeando muebles blancos. Había menos sacerdotes y, me pareció, menos escalafones. Una amable sacerdotisa que para hacerse visible en la gran cueva blanca llevaba una túnica azul me explico la Gran Fe. Que era básicamente igual que en el otro templo. Y me dijo que esta era la verdadera porque ellos sí que tenían la Auténtica Piedra Sagrada. Perfecto. Ella misma me habló sin pudor de las rupias. Mejor. -Vuelve mañana y el Gran Sacerdote te dará las gotas de la verdad-.


Volví al día siguiente y las gotas de la luz y la verdad me pusieron las pupilas tan grandes que hubiera sido la envidia de cualquier moderno que me hubiera visto. Un yonqui estuvo a punto de pararme y preguntarme qué me había tomado y dónde lo había comprado. El jardín de mi casa brillaba misteriosamente cuando ya anochecía.


Y llegó el gran día. En la cueva blanca me habían proporcionado tres misteriosas cápsulas del sueño y la tranquilidad. -Tómate una por la noche, creerás en nosotros-. Me levanté y mis brazos y mis piernas siguieron lánguidos y dormidos. Mi cerebro, tranquilo y confiado, ronroneaba descuidado. -Dos más por la mañana-. En el viaje al gran templo blanco creo que fui antes a otro sitio. Llegué a la gran cueva blanca y en el semicírculo de fieles que había junto a la puerta me dormí y ronqué sin ningún pudor ni control. Hacía frío y las paredes eran aún más blancas que el  día anterior. Me introdujeron en una extraña gruta en la que no había estado antes: había un mueble que no era blanco, pensé que había entrado en una dependencia para iniciados. El Gran Sacerdote me llamó, me tumbé delante de Él y puso la Gran Piedra de Luz sobre mi cabeza. Había luces de colores que variaban del verde al rojo. Un ojo, luego otro, mientras el Gran Sacerdote y sus ayudantes, que llevaban extraños cascos de plástico e iban cubiertos de azul, (¿para no perderse en la gran cueva blanca?), hablaban con un vocabulario del que sólo entendía que me exhortaban a orar y permanecer en absoluta quietud. Extraños líquidos resbalaban desde mis pobres ojos abiertos con hierros y cintas. Luces que parpadeaban.


    -Levántate y ve-. Y no olvides ponerte hoy las gafas de sol.


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Posdata: es el primer post que escribo sin gafas. Bien.



miércoles, 22 de mayo de 2013

De vuelta


Manuel dice
que estás en la Luna.

Te imagino
con los pies colgando
inmenso columpio de luz.

Sofía pregunta
papá, ¿eso es verdad?

Me gustaría
contarles que nos estás mirando
aire amigo que abraza.

Amelia calla,
mira al suelo y abre la puerta.

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No he escrito ningún poema, si cabe llamar así a esto, hasta los cuarenta y cuatro años. Nunca. De eso os habéis librado. ¿Por qué ahora? Porque he leído “Se pierde la señal” de Joan Margarit y me ha impresionado. Porque la pelota, la tristeza, venía botando y si viene botando hay que tocarla. No quedaba otra.

domingo, 21 de abril de 2013

Olvidando.


Candela vivió olvidando. Cada rastro suyo, cada mueble, cada color, cada esquina fue despojada de recuerdos, de la vida que juntos le habían dado. Y de golpe, vio en el espejo la mirada que él adoraba. Quiso borrar sus ojos. Eso le decían tras el accidente: olvida, vuelve a empezar, vive. Miró la mesita roja que compraron en un rastro y que ella había pintado de negro. No quería seguir olvidando.

La mirada que él amaba estaba en el espejo. La mirada que le pedía en cada fotografía, en cada caricia. Todo el estúpido entrenamiento para el olvido se había ido detrás del vapor del baño. No podía seguir olvidando.

Cuando despertó del accidente le dijeron que olvidara y, sin fuerzas, se había dejado llevar. Ahora sabía, al verse tras el espejo que en sus ojos, en su reflejo, estaba la vida que a él le quedaba.

Se acostó y esperó a que el sueño la llevara.


Octubre 2012 - abril 2013 .
Microrelato para el concurso del Museo de la Palabra.

Sueño.

María soñaba lo que vivía o vivía lo que soñaba. Aprobaba exámenes que había hecho mientras dormía; las preguntas, todas conocidas. Soñaba con tristeza cuando sus amigas la contrariaban; también, alegre, jugaba en sueños y luego se iluminaba cuando sabía que iba a llegar la felicidad.

María creció ante mis ojos y conoció el amor y la muerte y siguió soñando y viviendo la realidad en las dos partes de un espejo a veces terrible, a veces gozoso y pleno.

Y llegó un día en que su amor y la muerte se juntaron: no lo había soñado. Me miró y buscó un consuelo imposible. Quiso dormir y soñé, trágicamente, que ella no despertaba.



Noviembre, 2012.
Microrelato para el concurso del Museo de la Palabra.