domingo, 17 de julio de 2016

Los Cosacos.



Aparcó el andador en la puerta de la librería. Miró un poco el escaparate. Entró lentamente, mirando con un ojo a cada extremo de la tienda, casi calvo, sin ser calvo, de tantos años que tenía.
—¿Me puede dar “Los cosacos” de Tolstói?
—¿Dónde está?
—En el escaparate.
El librero sonrió, hacía un par de días que había estado buscándolo intensamente para comparar la traducción con la que tenía en casa. Lo había visto al llegar por la mañana, había sacado el ejemplar que traía de casa y había cogido el de la tienda de la estantería. Lo había cogido, se había dado media vuelta y había desaparecido. Ahora estaba allí, tan tranquilo, de pie en el escaparate blanco, junto a un francés, esperando para irse a la biblioteca de aquel señor tan mayor y tan amable.
El señor pagó y se quejó de su salud. Intercambiaron un par de frases cordiales y se marchó con su Tolstói.
El librero pensó que lo envidiaba profundamente: pocos planes mejores que cumplir ochenta y muchos para comprar los libros del gran ruso que te falten.

domingo, 15 de mayo de 2016

091: el concierto del ayer.

Las dos primeras canciones sonaron como si el vinilo hubiera estado tirado en el suelo de La Cúpula en todas las reformas posteriores a dejar de ser la Cúpula. Estábamos en el centro de la plaza, un poco escorados a la derecha de la mesa, como en tantos conciertos. Nos cambiamos atrás, junto a la barrera y el sonido mejoró notablemente. No seré yo el que dude de la lucidez asombrosa que se puede alcanzar con determinadas sustancias, y el alcohol no es la menos agresiva, pero también es cierta la cantidad de matices, no siempre relevantes ni agradables, que puede llegar a observar el Yo de hoy, que ve los conciertos desde la austera sobriedad.



Estuvieron los dos Yo dialogando durante dos horas y media y a punto estuvieron de llamar al Yo del 86 —¿tal vez 88?— que los vió donde ahora está el Palacio de Congresos y tocaron “Cuéntame” y “Soy tremendo”. Dos horas y media oyendo la banda sonora de una vida en común o, mejor, de las muchas vidas en común que cualquier persona mínimamente compleja tiene consigo mismo.
Pensaba un Yo que no tenían que haber vuelto, que los recuerdos son mejores cuando no los confrontas con la realidad y el otro le contestaba que eran muy valientes al volver y tocar contra un espejo mítico: el grupo que fue el grupo de tantos de Nosotros, (y aquí el Nosotros lleva mayúscula porque es el mismo del Zawi de Serrano), el Yo mayor le decía a su compadre más joven que se alegraba de que los cinco que había en el escenario triunfaran como lo estaban haciendo, que ganaran dinero con esta gira, que siempre viene bien y los músicos comen, pagan hipotecas y tienen niños en el cole. Sonaban canciones y el Yo de Maracena le daba con el codo al Yo de la Plaza de Toros y sonreía, orgulloso. Sonaban distintos y sonaban desde el ayer: un ayer en el que las letras hablaban de tristeza y fatalidad, en el que la rabia se dirigía contra el destino y la revolución era un fenómeno meteorológico improbable.




Sonaban canciones que eran himnos y bandas sonoras y los Yo discutían sobre si eran las mismas o no, sobre si aquella era la música de los recuerdos, sobre si en los conciertos hay saltos en los surcos de los vinilos y sobre, cómo no, qué canción faltaba y cuál no.

Aparecieron otros Yo, los saludé con esa cara que pones cuando ves a viejos amigos o amigos viejos y no sabes quienes son ni porqué se alegran de verte. Llegaron con “Escenas de guerra”, con “La torre de la vela” y con tantas otras, vinieron a decir que existen allí donde están las sombras y las puertas cerradas, que hay puertas que conviene abrir y otras no y que no podemos ni debemos juzgar al pasado mirando las nubes del hoy. El Nosotros estaba contento de reencontrarse con su viejo Nosotros y Yo me quedé pensando en si merecía la pena fijarte en las arrugas cuando te ves en el espejo.



domingo, 3 de enero de 2016

Lecturas 2015

Durante 2015 he leído sólo 30 libros, pocos para lo que me gustaría y para lo que habitualmente leo: este año tengo que volver a la normalidad de un libro a la semana.

Los dos libros que más me han gustado son novelas y son relecturas de obras que me han influido a lo largo de toda mi vida. En cierto modo es normal, si relees libros fundamentales, son los que más te gustan.

“Los mares del sur” de Vázquez Montalbán es la gran novela negra europea, el paso  entre Chandler y Hammet y la pareja de suecos impronunciables y la ola de grandes autores que ahora disfrutamos (ay, Mankell, que nos dejaste en 2015). Me sorprendió lo actual que es, lo bien que ha envejecido, lo terrible que muchas de sus denuncias sigan igual o peor, que el país no haya logrado dejar atrás ese diagnóstico.

“El árbol de la ciencia” lo leí en COU cinco o seis veces. Justo después de copiar el trabajo que tenía que hacer para Literatura. Normal, se lee cuando hay que leer y no cuando lo dicen las profesoras, por encantadoras y sabias que fueran, que lo eran. (En el Mixto de la Chana  tuve unas pocas profesoras de literatura, y un profesor, excelentes). Baroja es el viejo cascarrabias que no siempre lleva razón pero sí muchas veces. Y escribe maravillosamente bien.

“Antonio B. el ruso: Ciudadano de tercera” es una obra maestra de la literatura contemporánea. Una novela de la pobreza comparable a las de Chukri o Istrati pero en León y con picoletos franquistas. Hambre y pobreza española, de ahí al lado.

No destaco ninguno de los libros de Karmelo C. Iribarren porque me gustan todos, quizás el que más “Ola de frío”, he leído cinco obras suyas este año, en 2016 las que quedan, y cuando acabe, leeré su poesía completa. No me gusta la pose sobre y de los bares pero en algunas páginas se asoma al abismo de la verdad y a la belleza.

También leí y disfruté a Alejandro Palomas —Guille, un personaje niño para los que odiamos los libros con niño—, Padura, —cubano que parece norteamericano, tengo que leerlo más—, Margarit, Gramsci vía Kohan, la deliciosa “La granja urbana” de Novella Carpenter, los dos primeros de novela negra de Jean-Luc Bannalec —¡la Bretaña!—, a Errejón con “Construir pueblo”, varios de Paul Strathern después de un montón de años sin leer filosofía…

(Mucha literatura española, no me había dado cuenta hasta ahora, ¡bien!)