domingo, 4 de junio de 2017

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Fui al Torcal por la mañana, que no lo conocía. Llegué a casa y jugaba el Madrid contra el Liverpool. Todavía no era mi equipo, todavía no habían llegado Martín Vázquez, Gordillo, Michel y el gran Molowny y luego Benhakker. Me hice del Madrid un poco después de tomar todas las decisiones estéticas importantes que uno puede tomar: Pavese, Hemingway, Nacha Pop y un poco de Leño. Y ser del Madrid era perder en Europa, hablar de unos tipos en blanco y negro que ganaron en tiempos del dictador. Luego, una, que pillaron unos canteranos con pinta de señores con bigote.

Y llegó el primer peor día de mi vida como aficionado, la derrota con el PSV. Estaba en COU y aquellos tíos eran ídolos para mí como no volverían a serlo ningunos futbolistas. El PSV, unos mediocres que jugaban a empatar y tenían un patrocinador que hacía secadoras o algo peor. Al año siguiente el Milán cerró aquel ciclo con extrema dureza, con un partido de los que acaba y al día siguiente miras losetas y te preguntas porqué te gusta el puto fútbol y piensas en dónde se ha jodido todo y en que la vida es una derrota permanente.

Al Torcal por la mañana, Ray Kennedy, no, no, Alan, el hermano. Otra derrota de un equipo español, lo normal.



Navas saca una mano imposible. La Juve es el mejor equipo tácticamente del año. En cuartos, que fueron las semifinales, lo demostraron contra Messi. Escribo oyendo a Nick Cave que ha sido mi banda sonora de este año. El Madrid, este equipo del Madrid, son Modric y Kroos. Dos genios tapados por un goleador que ha encontrado su sitio cuando ha perdido su punto álgido físico. Pero la Juve tenía juego y tenía un gol imposible en las botas de un ex-atlético que siempre jode más. No es normal ganar seis finales seguidas. Pero la presión la tienes cuando has ganado dos de ocho. Cuando recuerdas a Alan Kennedy y no fotos de rojiblancos cabizbajos. Cuando no crees que siempre habrá un cabezazo en el 93 si la cosa se pone jodida.

Llega el descanso y salen tarde. Valdano dice que tenían más cosas que hablar. Nick Cave canta, ahora, y un oligarca dice obviedades en una ventana sin volumen del ordenador. La bandera andaluza tiene la Copa de Europa. Kroos comenzó a jugar e Isco jugó un rato como él cree que juega siempre. Modric pensó que Iniesta y Xavi no ganaron el balón de oro pero ganaron Copas y Copas. La Juve es grande pero hay algo misterioso en los partidos, en los grandes partidos, en los que los jugadores reconocen la jerarquía de lo que tienen enfrente. Un rebote, suerte, un tacón mal puesto. Pero los bianconeros supieron que era el final. Nick Cave canta, el oligarca habla con una periodista amable con él y me duele el cuello, la costilla, la espalda de la alegría. Llegaron más y el partido me recordó a la final España-Italia, también 4-1. Un final de ciclo. Ojalá el TAS nos hubiera sancionado sin fichar. Ojalá sigan Zidane y Laso que tan bien ejemplifican lo que es el madridismo para los madridistas.


Acaba el partido y la alegría se mezcla con melancolía, con la cabeza que duele, con los años que han pasado. Canta Nick Cave y pienso que ganar está bien, mucho mejor que perder. Aunque a veces, la alegría puede doler. Pese a la costumbre.

sábado, 13 de agosto de 2016

Con Hem.

Cosas importantes: una foto con Hem en el Iruña.
Probablemente, con Kundera, el autor que más me influyó en mi juventud. Frases cortas, contar lo que hay que contar y callar sobre lo demás. La soledad, la muerte y la honestidad.
Que no está de moda y que, por supuesto, me importa un pito la moda literaria. Seguiré leyendo sus cuentos, en la edición de Seix-Barral que es la que me gusta, con mesura, que duelen.
Un sitio limpio y bien iluminado.


domingo, 17 de julio de 2016

Los Cosacos.



Aparcó el andador en la puerta de la librería. Miró un poco el escaparate. Entró lentamente, mirando con un ojo a cada extremo de la tienda, casi calvo, sin ser calvo, de tantos años que tenía.
—¿Me puede dar “Los cosacos” de Tolstói?
—¿Dónde está?
—En el escaparate.
El librero sonrió, hacía un par de días que había estado buscándolo intensamente para comparar la traducción con la que tenía en casa. Lo había visto al llegar por la mañana, había sacado el ejemplar que traía de casa y había cogido el de la tienda de la estantería. Lo había cogido, se había dado media vuelta y había desaparecido. Ahora estaba allí, tan tranquilo, de pie en el escaparate blanco, junto a un francés, esperando para irse a la biblioteca de aquel señor tan mayor y tan amable.
El señor pagó y se quejó de su salud. Intercambiaron un par de frases cordiales y se marchó con su Tolstói.
El librero pensó que lo envidiaba profundamente: pocos planes mejores que cumplir ochenta y muchos para comprar los libros del gran ruso que te falten.