lunes, 14 de abril de 2008

Paloma Chamorro - La edad de oro

“La mayor parte de los escritores no saben una palabra de pintura, y la mayor parte de los pintores no saben una palabra de música moderna. Desasnar analfabetos es indispensable, pero desasnar intelectuales es muy importante. Aplicar este tipo de criterios a un programa con voluntad progresista y de vanguardia técnica en la televisión es perfectamente factible. En España, el obstáculo que tenemos es el hiperdesarrollo de la televisión basura, pero todo esto se deriva del hecho de que en España realmente no existe una televisión pública”. (Paloma Chamorro, El País).

(Empecé a leer por aqui).

(La edad de oro es el programa que nos hizo ver que había vida más allá de Miguel Rios, el programa en el que Roddy Frame lloró al cantar ¿Walk out to winter?)


viernes, 11 de abril de 2008

El autobús rojo

El autobús rojo.

Cada vez me cuesta más subirme en el autobús con la silla de playa. Es lo que más engorroso me resulta de acercarme a verte. Aunque ahora lleve tanto tiempo sin venir por el frío. Pero, mira, hoy es el primer día de invierno que huele a primavera y ya estoy aquí otra vez. Esta mañana me levanté, hice café y vi que no había helado nada. El sol estaba saliendo como si ya tuviera fuerzas. Me dije: Pepe vas a subir a verla, aunque haga algo de frío, aunque no haga falta, vas a subir a verla. Hice la cama, tengo que confesarte que ya no la hago casi nunca. La hace la chica que viene a limpiar una vez en semana, pero yo ya no la hago. Ya sé que la cama hay que hacerla todos los días, pero cuando tú ya no estabas, decidí que alguna ventaja tenía que tener y dejé de hacerla. Pero hoy la he hecho como si estuvieras.

Cogí el café, me lo llevé al dormitorio y enchufé la música bien fuerte. Ahora estoy oyendo muchas misas cantadas, fíjate, nunca fui creyente y en cambio sí que me gusta la música religiosa. Los vecinos, Marta y Pedro, ya no están, ¿te acuerdas que protestaban entre risas por el volumen de la música? Pedro murió el pobre, de golpe, a principio del invierno. Marta se fue, o se la llevaron, con su hija. Cuando somos viejos no nos dejan decidir. Seguro que Marta prefería seguir viviendo en su casa, no ahora, en casa de su hija. ¿A ti te gustaría vivir como si siempre estuvieras de visita?

Esta mañana estuve en la carnicería antes de venir a verte, sigo comprando donde la Juani, sigue pareciendo una chiquilla, pero me ha dicho hoy que este verano se jubila, que se queda con la tienda su hija. He comprado un poco de pollo. Juani me quería dar el pollo entero y le he dicho que para mí solo era mucho. Que tú ya no estabas. Ella lo sabía, en el barrio los antiguos nos conocemos todos. Fíjate, tantos años comprándole la carne y ya no estará, la niña es amable pero no sé, no sé. ¿Te acuerdas cuando empezamos a envejecer y nos parecía que todo había cambiado? Ahora no es que las cosas hayan cambiado, es que la mayoría han desaparecido. No debería de subir para contarte esto.

Tenías que ver los autobuses nuevos, te encantarían. Tú que siempre decías que había que usar el autobús. Están limpios, limpios, tienen aire acondicionado y calefacción. Eso sí, siguen siendo rojos. El color del autobús, es lo único que no cambia.

Qué buenas vistas tienes desde aquí. Se ve la Sierra que este año tiene mucha nieve. No, este año tampoco ha llovido apenas, pero ha hecho mucho frío y en la Sierra siempre nieva. Me gusta estar aquí, contigo, al sol y mirando la Sierra. El invierno ha sido tan largo. Aunque siempre intento hablarte y contarte cosas, cuando estoy sólo en la casa es como si estuvieras lejos y no me oyeras, aquí en cambio sí sé que me estás escuchando.

Esta mañana, en el autobús, he mirado a otra mujer, no, no me regañes, sólo ha sido porque me ha recordado a ti. A ti hace años cuando los domingos nos quedábamos en casa y te recogías el pelo en una cola. La piel blanquita, el pelo oscuro y la mirada dulce. Tengo hoy un día raro, no te creas que siempre estoy así. Será el sol que nos anuncia la primavera. He intentado ofrecerle el asiento y se ha negado. No, no quería ligar. Supongo que ha pensado que yo era un viejo. Me ha sonreído y se ha ido al final del autobús. Que no soy un viejo, sí, sí que lo soy.

Viene un entierro, me voy a ir. Me da cosa de que me vean aquí sentado en mi silla playera en un momento tan triste. Recuerda que el año pasado un chaval me dijo que si me creía que esto era la playa. Ya, ya sé que los vigilantes me conocen y que no pasa nada, pero no quiero molestar. Además la primavera ya va a llegar y vendré cada día. En el autobús rojo.

jueves, 10 de abril de 2008

La fiesta de los Trastos.

La fiesta de los Trastos.


El Buzón bajaba por el sendero dando pequeños saltitos. Miraba hacia abajo y veía su chapa azul recién pintada. A su lado, su mujer, la Chimenea Rosa. Iban de la mano canturreando como adolescentes. Siempre les había gustado ir a la feria. Verían a todos sus amigos, beberían vino, oirían música y le enseñarían a los demás trastos sus pinturas recién estrenadas. La Chimenea llevaba un buen tiempo de vacaciones puesto que era verano, pero él estaba muy estresado, había habido elecciones en el mundo de los hombres y ¡cada día votaban más por correo!

Pronto vieron al Sr. Puente, que nunca podía ir a las fiestas porque no había manera de pasar el río si dejaba de trabajar.
- Qué tal, amigo Puente. - Dijo la Chimenea.
- Bien, bien, ya estoy acostumbrado a formar parte sólo del paso de la fiesta, pero bueno,lo que dicen de que lo importante es el camino, es una gran injusticia, porque, ¿qué serían los caminos sin puentes?, serían caminos ciegos y frustrados y porque...
- Adiós, adiós, amigo Puente. - Interrumpió Buzón Azul.

Miró a la Chimenea e hizo un gesto de complicidad. - La soledad es mala, hace hablar de más. - Quedaba todavía bastante camino y hacía calor. Pronto llegarían al bosque. Antes vieron varios hombres suspendidos, cuando los trastos se movían, ellos, tan vanidosos, se quedaban suspendidos. La naturaleza los salvaba de su incapacidad para comprender la totalidad del mundo, de su incapacidad de saber y aceptar el mundo, y su magia, en su totalidad. Así cuando los trastos vivían se paraba el tiempo y los hombres que podían percatarse sufrían un dejavú. O tenían problemas.

De repente hubo un gran estruendo, la pareja más grande de la fiesta pasó rauda junto a ellos. La Excavadora Violeta y el Tractor Malva los adelantaron levantando un polvorín tremendo, como si una manada de Ñus jugara al fútbol en un desierto. No le caían bien a nuestros amigos, eran unos abusones, nunca cedían el paso y andaban fanfarroneando y pavoneándose delante de todo el mundo. Decían que eran los más fuertes, querían tener hijos y que fueran hormigoneras.

Al llegar al bosque la temperatura era más agradable aunque la Chimenea nunca tenía calor, es más, al entrar en la umbría se estremeció un poco.

- Buzón, Buzón... ¡para! - El Stop Rojo llevaba años haciéndole la misma broma.
- Quieto estoy. Qué tal amigo.
- Aquí parando y andando. Je, je. ¿Sabéis quién toca en la fiesta?
- No. - Dijo la Chimenea.
- ¡Los Coches Arcoiris!
- Ohhhhhhhhhhhhh...
- Sí, sabía que iba a gustaros. - Sonrió el Stop. - Bueno, os dejo, parejita, a ver si le echo el ojo a una señal redondita y angulosa. ¡Salud amigos!

¿Puede tener una expresión tierna una Chimenea Rosa con lo bien que quema las emociones y todo lo demás? ¿Puedes ver emocionado a un Buzón Azul, tan acostumbrado a tener cientos de cartas con problemas en su interior? Hacía años, hacía ya millones de cartas y tantos fuegos, en un verano de los que aún llovía, ellos se conocieron en esta fiesta y oyeron a los Coches y vieron amanecer y por poco matan de un susto a un tipo que iba a trabajar de madrugada al campo. Qué corrió al pueblo y contó que había visto a un buzón abrazado a una chimenea y no lo volvieron a dejar beber.

Al salir de la fresca del bosque, donde los árboles les miraban con una resabiada superioridad, todo el mundo se cree que es mejor que los demás, está la explanada donde se hacen las fiestas, hay camiones, farolas, señales de tráfico, maceteros y un montón de trastos en amable francachela.
- ¡Cuidado Buzón! ¡Un perro! - dijo asustada Chimenea.
- Ehhhhhhhhhhhh - gritó el Buzón - ¡no quiero que me manches!
El perro olfateo el buzón y se dio la vuelta como si fuera tan normal que el buzón se moviera y le hablara. Como diciendo, ya volveré y habrá hombres y no podrás chillarme.

El Buzón acarició suavemente a su querida Chimenea. En la parte alta de la explanada aparecieron varios coches antiguos y relucientes de muchos colores. Uno de ellos, pintado de rojo y amarillo, cogió el micrófono, que le sonrió con elegante sumisión, y dijo: ¡Hola a todos! Empezaremos por nuestra canción favorita: ¡Quitaros el disfraz!

domingo, 6 de abril de 2008

Seguir

Seguir.

El final de las calles sin final es el infinito del tiempo finito.

Ir rápido, correr pero que no se note. Huir. Andar como si todo fuera normal. La falda se me levanta y la gente me mira. La luz se está yendo. ¿Dónde estoy? Si sigo andando llegaré. Ando más rápido. Hay un escaparate con zapatos. Si me paro parecerá normal. Me paro. Miro los zapatos blancos. Son bonitos y caros. No me gustan los zapatos blancos. Me educaron para no ponerme zapatos blancos. Me miro los pies y casi no los veo. ¿Qué me pasa? Miro hacia arriba, hacia el final de la calle y parece no tener fin. Cuando no sabes de qué huyes no puedes escapar. Pero sé que tengo que escapar, sé de quién tengo que huir. Aunque sea imposible. Sé que tengo que llegar al final. Un semáforo. Descanso.

El horizonte del atardecer es un juego de colores. La calle sube. Vuelvo a andar rápido. Me miran unos albañiles. Todavía no estoy tan vieja. ¿Habré engordado? Si te miran los obreros cutres es que has engordado. Me miran. Se me levanta la falda al andar. Me duele el pecho. Busco un escaparate. ¿Me mira alguien? ¿Se notará? Relojes. La gente usa relojes. Me hubiera gustado regalarle a Marcos uno. Pero él decía que con el móvil ya sabía la hora. Pero eso era antes. Ahora tengo que andar y huir. Llegar al final. Allí arriba, al final de la calle. Respiro hondo. Miro hacia todos los lados. ¿Me miran? Supongo que no hay nada más sospechoso que alguien que piensa que es sospechoso. Pero yo soy normal. Yo era normal. Antes. ¿Qué ha ocurrido? Sé lo que ha ocurrido, ya no puedo ocultarlo más. ¿Lo notarán? No, no se lo pueden imaginar, pero tengo que llegar. Al final.

Es marzo y las tardes se alargan. Tengo miedo a que caiga la noche. Después cerrarán las tiendas y, luego, las calles. Avanzo pero la meta está demasiado lejos. No llegaré antes de que anochezca. Me cogerán. Hay veces que sólo queda luchar. Correr y no desesperar. Hoy, sólo queda andar. Aunque me duela el pecho y se me levante la falda. Dentro de poco llegará la primavera. Antes éramos felices en primavera. Antes. Prefiero que no huela a primavera. No lo podría soportar. Oigo una sirena. Me asusto. Me pego contra un cajero. Hago como si sacara dinero. Pero no llevo bolso. No llevo nada. Tengo las manos sospechosamente vacías. Me gustaba llevar bolso. Que fuera grande, tener siempre todo lo que necesitara, todo controlado. Marcos me daba su móvil y sus llaves y yo los llevaba.

Una rotonda. Cuando voy en coche odio las rotondas. Nadie se para, nadie cede el paso. ¿Habrá alguien que siga siendo educado en una rotonda? Me gusta ahora. Me entretengo en buscar los pasos de peatones. Quiero hacerlo bien. Bien, bien. Hacer algo bien. Me olvido por un instante de que estoy huyendo. Me concentro y lo hago bien. Marcos siempre me decía que lo hacía bien. Qué pena que no me lo pudiera creer. Sabía que lo decía para animarme. Llego hasta el paso de peatones, miro las anchas lineas blancas de pintura en el asfalto. Me gustaría que hubiera llovido para que la pintura blanca brillara. No debo de perder el tiempo pero debo hacerlo, darle una vuelta completa. Miro alrededor. Pensarán que estoy loca. Si pienso que estoy haciendo algo normal no se darán cuenta. Me mira un niño y se ríe. Se está riendo de mí. Espero un poco y se detienen los coches. Cruzo. Lo hago perfecto. ¡Soy una gran peatona! Voy a girar y me detengo, ¿se darán cuenta? No soy capaz. Vuelvo a la calle y miro hacia arriba. Allí está la meta. No me puedo entretener, tengo que llegar.

Respiro y ando. Cada vez más rápido, sin despistarme, miro el final de la calle y veo las nubes entremezclarse con la última luz del sol. Se acaba el día pero la calle parece no tener fin. Ando y no pienso. Siempre fui capaz de luchar. Lista y valiente. Me lo decía Marcos. Eres lista y valiente. Lista y valiente. Entonces yo sabía que el me quería y sus palabras eran un refugio acogedor. Me mira un hombre con traje. Me mira raro. Pasa junto a mí, pero va hacia abajo. No puedo volver la cabeza. Seguro que es uno de ellos. Me gustaría mirar y saber que no va a por mí. Me cogerán. Ando más.

No pensar, no recordar. Tendré que volver, tendré que recuperarme, tendré que volver a engañarme. Pero no podré. Sí que podré. Tendré que luchar. Ahora no, ahora sólo andar. Más rápido. Y parar a ver escaparates. Y no recordar. Que no llegue la primavera, por favor. Que no haya risas y que el sol no brille. No podré soportar la alegría. Tendré que recuperarme, volver a mentir. Aunque nada sea como antes. Antes. Otra sirena. Un bar vacío. No llevo dinero, no puedo parar. ¡No puedo parar! Qué tengo que ser para ser algo. Qué tengo que ser para ser algo. La canción de Los Secretos. Hace tantos años. Marcos me la cantaba al oído. Los hombres siempre creen que necesitamos cosas que no nos importan. Yo sólo quería estar calentita y que me dijera que era lista y valiente. Y no pensar. Sigo en la puerta del bar. Limpio y bien iluminado. Como le gustaban a él. Como le gustaban a su Hemingway. Otro hombre me mira.

Ando hacia arriba. Ya está casi oscuro. Tengo miedo. Me duelen las piernas. Me duele el pecho. Quiero que me abracen y que no haga frío. Tengo la canción en la cabeza. Quiero olvidarme. Una y otra vez. Tal vez forme parte de la pesadilla. La banda sonora que ha puesto un guionista cruel para que sufra más. No quiero pensar en otra canción, quiero el silencio. Voy a andar más deprisa. Noto las piernas tensas. Me duele más el pecho. Es casi de noche. Llegarán. Y todo se acabará. Tampoco está mal. Pero no puedo pensar en eso. Tengo que tener fuerzas. Hacer como si paseara y llegar allí, al final. Tengo que lograrlo. Luego lograré otra cosa. Y luego otra. Y aunque no vuelva a ser como antes, volverá a ser de alguna manera. No quiero pensar. Todavía no puedo. No quiero. No quiero que se haga de noche. No quiero cambiar y que nada cambie.

Qué se rompió. Da igual. No sé hacerlo bien. Soy lista y valiente cuando Marcos me abraza y me olvido. Un coche rojo. Grande y con los faros redondos. Está limpio y la poca luz que queda le da un aire de anuncio exagerado. Va una pareja discutiendo pero detrás tienen un niño en una sillita. Me mira. No son como nosotros. No son como yo. Aunque discutan. Me olvido de todo y del miedo. Andar hacia arriba. Andar sabiendo que no sirve para nada. Pero hay que hacer alguna maldita cosa bien: cruzar por los pasos de peatones y llegar al final de las calles. Algo bien hecho. Marcos quería un coche rojo. Ahora lo miro y me gusta también. Me tenía que haber gustado antes, cuando los coches rojos eran importantes. Antes.

No me tenía que haber escapado. Marcos me quería. Decía que necesitaba ayuda y que él me ayudaría. Sólo mentir, que bien sé mentir. Mentir y huir. La puerta blanca, un paseo hasta la cancela, una sonrisa y una frase amable y empezar a correr. Ahora me buscarán. Pero, ¿y si no me buscan?, ¿Y si no me encuentran? Hay algo peor que no lograr escapar: escapar de alguien que no te quiera coger. Puede que lo hayan comprendido, puede que Marcos se de que cuenta de que le mentí. Que el problema era yo. Puede que nadie quiera cogerme y que la calle no se acabe.

Suena la sirena. Cada vez más cerca. De esta no me escapo. Me cogerán y todo seguirá igual. La música se ha ido. La noche ha llegado. No podrán conmigo. Mentiré. Aunque me cojan. Seguiré. Miro hacia arriba, hacia donde no se llega a ver el final de la calle. Lo he intentado pero me he engañado. A mí también. Huir sólo sirve como huida. Lástima que no pueda escaparme de mí. Me van a coger y volverá el juego. Una excéntrica. Lo sé. Sé que son ellos. Ya no queda luz allí arriba. La esperanza está dentro. Lista y valiente, hacer las cosas bien. ¡No puedo! La calle tiene que acabar. Todas las calles tienen final. Oigo un coche que frena junto a mí e intento disimular. Quiero andar y me sujeta un brazo fuerte. Se acabó. Dirán que me han entendido.