sábado, 5 de octubre de 2019


Hace dos jueves me preguntaron en Twitter por el programa de Más País: con una soltura inusitada le pedí al compañero de la Berdadera Hizquierda que se metiera sus inquisiciones por donde le cupiesen. Lo comenté en un grupo de whatsapp y mis amigos —bastante más tranquilos y lúcidos que yo— me recomendaron que me tomara unas vacaciones de redes.


















Eso hice.


Porque pensé en hacerlo y sentí una repentina alegría muy parecida a la que sentía cuando quería cambiar situaciones mucho más duras. Lo pensé otra vez, que uno ya no tiene esa fe que hay que tener para decidir a la primera, y me volvió a parecer una idea estupenda. Dos veces, seguidas, estupenda.

Viernes mañana, muy temprano. Entrevista a Errejón. La acabo y voy a comentarla, a ver  qué le ha parecido a los demás y siento ese vacío, ese precipicio en mis pies: las ventanas están cerradas. Por voluntad propia pero cerradas. Instagram está abierto. Pero instagram sólo sirve para ver fotos bonitas y recibir información. Bien como escaparate, fatal como flujo de ida y vuelta de información. Tiene más futuro Instagram que Twitter en MundoNeoLiberal.


Las ventanas están cerradas. No hay flujo de información constante, nadie te dice que la trilogía de Jemisin es fantástica, que “No dejes rastro” es una peli más que interesante, no hay discos nuevos de clásica recomendados, nadie analiza porqué el Madrid empata con el Brujas y qué ha fallado en su sistema de juego, no sé cómo planteó Laso el partido del jueves ni porqué Thompkins está de baja. Acostumbrado a comparar informaciones, a contrastarlas y a ver diversas fuentes —la mayoría no oficialesno tener Twitter supone un regreso a los 90’s. Sólo hay periódicos (y digitales) para lograr información. El resto de la información (la más interesante) ha desaparecido. El viernes es un día muy largo: hay más tiempo. Bastante más tiempo. El ritmo de los días es diferente: hay huecos libres. Una olvidada sensación de tranquilidad, de ritmo diferente, más tranquilo. Las redes nos afectan y nos alteran, es una pantalla pero cuando alguien nos insulta, nos está insultando AQUÍ, A NOSOTROS. No es ficticio, es un mundo un tanto irreal que vivimos como real. Cerrar las ventanas también significa acabar con esos problemas. De golpe. Qué tranquilidad, qué largos vuelven a ser los días.


(Releo y me doy cuenta de que otra sensación que trae el apagado es la libertad. Saber que puedes volver y que te puedes ir, que no hacen falta y que no sientes necesidad. La rueda nos dice que tenemos que girarla para no pararse pero es su interés, no el nuestro. Miro la rueda parada y está bien).


Las redes son fantásticas: todo lo bueno que pensaba sobre ellas lo sigo pensando. Para un chaval criado en un barrio de mierda tener una ventana al universo cultural en el que están escritores, periodistas, deportistas, músicos, guionistas, lectores, libreras, etc… es una oportunidad imposible de despreciar. Qué suerte que algo así exista. Está claro que las redes aportan y aportan mucho. 


Pero, ¿qué nos cuestan? 


En mi caso veo tres problemas grandes: la agresividad, el ego y el tiempo.


Cuando empecé en Twitter había un periodista que escribía diferente, simpático en redes, interesante muchas veces. Con el tiempo se hizo una celebridad —una celebridad en la izquierda española es aquel al que insultan más de quinientos— y dejó de tener interés por completo. Los demás nos conforman, queramos o no. El viento que recibimos nos erosiona. Y eso es grave pero es peor cuando somos nosotros los agresivos: también eso nos da forma.


Cuando acabe este texto espero que lo leáis y que me digáis algo. Eso es normal y no está mal. Hoy tengo un día liado, mucho más de lo que yo quisiera, y no estoy seguro de cuánto tiempo tendré las redes puestas. Recibiré el flujo de vuelta pero no estaré, creo, muy pendiente. Pero no siempre es así. Hay veces en las que se está solo o triste o con el ánimo bajo y un post, un tuit, significan una tabla de salvación. Hay veces en las que podemos desplazar a nuestro ego al centro del tablero y convertirnos en mamarrachos en busca de aprobación. Y si eso sucede en las barras de bar o en las universidades, en los Institutos, también sucede en redes. Lo importante es la obra y no el autor. Válido también en redes. Aplicable siempre.


¿Merece la pena perder el tiempo en redes? ¿Cuánto tiempo? ¿En qué situación? ¿Merece la pena cerrar las ventanas y quedarse con los libros, las películas, los discos y el aliento de los más cercanos?  ¿Es lógico estrechar el círculo como si viviéramos en los 90? No, no lo es. Twitter —sobre todo, pero también esa acogedora mesa camilla que es facebook— es maravilloso, a pesar de los pesares. ¿Cómo gestionamos el tiempo? ¿Cómo logramos que no interfiera en trabajo, lectura, fútbol? ¿Cómo logramos que no esté presente en cada instante? No lo sé. 


¿Abrir las ventanas? ¿Cuánto? ¿Cuándo? Tampoco lo sé. 


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