sábado, 3 de agosto de 2013

Charles y Francis

Llega pidiendo perdón por lo guapa que es.
Incómoda, no le interesamos,
ni libros ni libreros,
más allá de su misión.
-¿Tenéis algo de Bukowski?-
El viejo borracho se levanta de un salto,
le mira disimuladamente el escote,
ya no tiene resaca, ni malhumor de 40 cervezas.
-No, lo siento, no tenemos-
Se gira y deambula entre las estanterías,
entran otros clientes y la contemplan sorprendidos:
tendrá cerca de 30 años
esa edad en que eres adulto casi siempre,
casi en todos las situaciones.
No entre libros viejos.
Aquí todos somos recién llegados.
-¿Algo de Fitzgerald?-, le pregunta a Max,
Francis salta presuroso, luego se esconde,
veo dos ojos furibundos en el escaparate,
a Zelda ya no la dejamos entrar,
él se arregla el flequillo,
piensa en herencias y bellezas perdidas,
disimula y no se atreve a girarse,
el odio atraviesa los cristales.
-Tampoco, lo siento.-
Max me susurra que son para su novio,
Charles y Francis se vuelven indignados.
Les pido silencio a los dos hipócritas.
-Esconderos ya, no sea que os vea alguien.
Para su novio moderno, un moderno con suerte.
Lo imagino avergonzado de la belleza excesiva,
incapaz de disfrutar sin pensar.
Abre la puerta con decisión,
camina deslizándose,
respira buscando aire,
otra vez adulta y libre, segura y tranquila,
gafas de sol negras,
parece que mirara a Zelda con desprecio.
No comprará libros.
Estúpido mundo
que se avergüenza de la belleza.