jueves, 30 de mayo de 2013

El Templo Blanco. (Crónica de la búsqueda de la visión verdadera).

Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna.  Al oír que pasaba mucha gente, preguntó qué sucedía.  Le respondieron que pasaba Jesús de Nazaret.  El ciego se puso a gritar:  “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.  Los que iban delante lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte:  “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”.  Jesús se detuvo y mandó que se lo trajeran.  Cuando lo tuvo a su lado, le preguntó:  “¿Qué quieres que haga por ti?”.  Señor, que yo vea otra vez.  Y Jesús le dijo:  “Recupera la vista, tu fe te ha salvado”.  En el mismo momento, el ciego recuperó la vista y siguió a Jesús, glorificando a Dios.  Al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios”.


Lucas 18, 35



El primer templo que visité buscando encontrar la visión verdadera era de mármol gris. Las puertas tenían cristales tintados, se habrían a tu paso y, dentro, los músicos escondidos en un techo secreto interpretaban melodías como si mañana se fueran de vacaciones y odiaran a los pobres fieles que, serios y un tanto compungidos, esperaban sentados en un extraño semicírculo cuadrado en el que, manteniendo cuidadosamente las distancias, se estudiaban los unos a los otros mientras consultaban sus tablas de luz.


En la entrada, dos jóvenes sonrientes y vestidos de blanco, que serían novicios ya que nadie más sonreía en el templo, bromeaban y atendían la puerta y las campanas y a los futuros fieles. Me fueron pasando por diversas estancias de la gran cueva, fui visitando sacerdotes de diversa graduación, cada uno sonreía menos que el anterior: el poder los hacía distantes. Cuando llegué al gran jefe no se permitió ninguna alegría. Su sabiduría se escondía detrás de un pelazo que lo hacía parecer cuidadosamente cercano. -No, no hables conmigo de rupias, para eso están los novicios-. Entendí porqué sonreían. El sumo sacerdote me prometió la visión eterna y criticó con educada dureza a los demás templos. -No tienen la Auténtica Gran Piedra Sagrada. Las rupias, luego-.


El segundo templo era blanco inmaculado. Luces blancas, paredes blancas, puertas blancas. Algún cristal tintado de blanco y algún trozo metálico rodeando muebles blancos. Había menos sacerdotes y, me pareció, menos escalafones. Una amable sacerdotisa que para hacerse visible en la gran cueva blanca llevaba una túnica azul me explico la Gran Fe. Que era básicamente igual que en el otro templo. Y me dijo que esta era la verdadera porque ellos sí que tenían la Auténtica Piedra Sagrada. Perfecto. Ella misma me habló sin pudor de las rupias. Mejor. -Vuelve mañana y el Gran Sacerdote te dará las gotas de la verdad-.


Volví al día siguiente y las gotas de la luz y la verdad me pusieron las pupilas tan grandes que hubiera sido la envidia de cualquier moderno que me hubiera visto. Un yonqui estuvo a punto de pararme y preguntarme qué me había tomado y dónde lo había comprado. El jardín de mi casa brillaba misteriosamente cuando ya anochecía.


Y llegó el gran día. En la cueva blanca me habían proporcionado tres misteriosas cápsulas del sueño y la tranquilidad. -Tómate una por la noche, creerás en nosotros-. Me levanté y mis brazos y mis piernas siguieron lánguidos y dormidos. Mi cerebro, tranquilo y confiado, ronroneaba descuidado. -Dos más por la mañana-. En el viaje al gran templo blanco creo que fui antes a otro sitio. Llegué a la gran cueva blanca y en el semicírculo de fieles que había junto a la puerta me dormí y ronqué sin ningún pudor ni control. Hacía frío y las paredes eran aún más blancas que el  día anterior. Me introdujeron en una extraña gruta en la que no había estado antes: había un mueble que no era blanco, pensé que había entrado en una dependencia para iniciados. El Gran Sacerdote me llamó, me tumbé delante de Él y puso la Gran Piedra de Luz sobre mi cabeza. Había luces de colores que variaban del verde al rojo. Un ojo, luego otro, mientras el Gran Sacerdote y sus ayudantes, que llevaban extraños cascos de plástico e iban cubiertos de azul, (¿para no perderse en la gran cueva blanca?), hablaban con un vocabulario del que sólo entendía que me exhortaban a orar y permanecer en absoluta quietud. Extraños líquidos resbalaban desde mis pobres ojos abiertos con hierros y cintas. Luces que parpadeaban.


    -Levántate y ve-. Y no olvides ponerte hoy las gafas de sol.


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Posdata: es el primer post que escribo sin gafas. Bien.



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