lunes, 16 de junio de 2008

La chica del centro.

Me gustan mis zapatillas blancas. Tienen cuatro rayas azules. Si fueran Adidas, tendrían tres. Pero las he comprado en el mercadillo de la Chana y no en una tienda de deportes. Son Andidas y se las he comprado a un señor gordo y gitano que tenía un bigote como un demonio de grande y una camisa de cuadros rojos y negros desabrochada hasta el ombligo y que no paraba de dar voces . Me han costado veinte euros. No están mal. No son lo que me gustaría que fueran pero no están mal. Después de comprarlas he bajado hasta la carretera de Málaga y he subido por la acera del Sol hasta la casa. Vivo en la calle Chana. En el barrio Chana. Chana, cuentan los viejos del barrio, era una puta que se hizo famosa. O algo así. Mi barrio tiene nombre de puta.

Ayer me echaron de la obra. No me importa. Ahora cobraré el paro un tiempo. Creo que seis meses. Esta mañana me desperté y era todavía de noche. Me acurruqué en la cama y sentí miedo. Mi madre ayer se echó a llorar. Creía que me habían echado porque me había portado mal o me había peleado o qué sé yo que pensó. No, no era eso. Dicen que hay crisis y que nadie quiere comprar un piso y que no vamos a hacer los nuevos bloques. No hay curro.

- ¿Cómo vamos a pagar el coche que compraste?
- No te preocupes Mamá, Pedro, mi jefe, me ha dicho que me va a encontrar otra obra.

No es verdad. Me ha dicho que no hay curro en la obra. Que busque otro trabajo. Que no se van a hacer casas. Que me compre ropa de pijo y que busque trabajo de comercial. No quiero ser comercial. No quiero vestir como un pringado que todos los días va a una boda. Quiero currar al aire libre, sentir el frío y el calor. Notar los músculos a tope por el esfuerzo. Desayunar bocatas de lomo con mayonesa y una cervecita y silbar cuando pasen las mujeres por la obra y luego esconderme para que no me vean.

Al llegar a casa estaba mi madre. Tenía puesta la tele y estaban diciendo que había crisis. Mi madre es menuda y bajita y siempre está preocupada. Ve demasiada tele. He entrado en mi dormitorio, me he quitado las zapatillas viejas y me he puesto las Andidas. Andidas, qué nombre. He salido y se las he enseñado a Mamá.

- Este niño está tonto.

Ha dicho eso y se ha vuelto a la ventana. En el bloque de enfrente está todavía el cartel de "se vende". Lleva meses puesto. Mi abuelo me decía que no me metiera en la obra, que eso no tenía futuro.

- Estás loco abuelo. ¿No ves que por todos lados hacen pisos y más pisos?
- Soy viejo pero no estoy loco. No hacen falta los pisos, no hay gente para tantos pisos. Estudia, no dejes de estudiar.

Quién sabe, igual el abuelo no estaba loco. Hoy me gustaría verlo. Que me dijera qué tengo que hacer. Son las doce de la mañana y no sé dónde ir. Me da mal rollo desayunar como si hubiera currado. Me iré al centro. En el centro las chicas son más guapas. Iba a coger el coche pero pensé en como coño lo iba a pagar y me dió mal rollo. Cogí el cuatro. El autobús iba a reventar. Había un viejo con una silla de la playa que me recordó a mi abuelo. Me bajé en la siguiente parada. Cuando vivía el abuelo, me llevaba a pasear por Granada. Íbamos al centro, hasta el Paseo de los Tristes y mirábamos la Alhambra de lejos, como si estuviera en una postal y no existiese realmente. En el centro las chicas eran más guapas y las casas más bonitas. El abuelo decía orgulloso que la abuela era una chica del centro. Me aburre andar sólo. En la obra apenas si piensas, están todos los demás y no paras de hablar. Hablas de fútbol, de tías y de si bebiste o comiste. Hablas mucho y curras y no puedes pensar.

Sigo andando y elijo tirar por el Camino de Ronda. Me gustan las calles con coches y bloques de pisos. Es como si viviera en una ciudad grande. Me gustaría llamar a Luis o al Chico pero no van a estar. Luis está trabajando en otra obra. Espero que no lo despidan también. El Chico estudia en la Universidad y tampoco puede. Me gustaría tener una novia y poder llamarla. Pero no tengo novia.

Debería ir y apuntarme al paro. Mañana. Debería volver a estudiar y hacerle caso al abuelo. ¿Qué pensará mi madre? ¿Y mi padre? ¿Qué hago con el coche? ¿Cómo pago el coche? Llego hasta la plaza de Einstein, está llena de universitarios que revolotean esperando que sea la hora de las cañas; pero es una plaza para la noche y no me gusta. Sigo andando. Me detengo en la plaza de Gran Capitán. Tengo veinte años y no sé donde ir.

- ¿Qué haces? ¡Hola!

Sigo parado. Es Lola, estaba conmigo en la escuela hace un millón de años. Luego se fue a un colegio de monjas y apenas si la veía. Es morena, tiene los ojos azules y está guapísima.

- No sé lo que hago. - Sonreí.

Me sonrió como si me entendiera. Llevaba una camiseta de rayas y unos vaqueros negros. Le brillaba el pelo y ella brillaba también. De chicos íbamos a su casa y jugábamos en su patio. Me dijo que estaba estudiando en Edimburgo. La llamaron y se fue. Seguí andando, las calles estaban llenas de gente que se dirigía con decisión hacia algún sitio. Una chica rubia me pidió fuego y deseé fumar con todas mis fuerzas. Llegué hasta el ayuntamiento, vi el cuatro y me subí. Al fondo estaba el viejo con la silla de playa. Lo miré y me sonrió. Cogí el móvil y llamé a mi madre y le pregunté que si quería algo. Me gustan mis zapatillas blancas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario