domingo, 25 de mayo de 2008

Una larga carrera universitaria

Pilar se sintió insoportablemente feliz y tuvo miedo de golpe. Nada hay más ofensivo para el mundo que ser feliz. Le dio miedo que alguien lo supiera y se esforzó intentando no estar tan contenta. Pensó que hoy María lo pasaría mal, se enterneció y logró bajar sus ánimos. Miró por la ventana y vio la Carretera de Málaga serpentear hacia Villarejo. Recordó cuando desde esa misma ventana se veía la Sierra. Ahora se ven un montón de bloques de pisos marrones y un poco envejecidos y la Carretera que lleva hacia el centro de la ciudad. Cuando llegó a esa casa siendo niña, cuando vivía su madre, hacia el sur sólo había campo y algunas casas de agricultores. Miró la carretera y pensó que durante mucho tiempo le pareció que era la puerta del barrio hacia la vida real, hacia una vida en la que podía existir la belleza. Luego descubrió que no quería vivir en el mundo real y se limitó a cuidar a María y a leer.

Cuando nació María todavía no se había encerrado. Fue después, cuando Ricardo se marchó. Consiguió un trabajo como limpiadora en la facultad en la que había estudiado y comenzó a ser invisible. Llevaba quince años trabajando en Derecho, más los cinco que estuvo como estudiante. Una compañera le dijo el primer día que no se preocupara por que la reconocieran los profesores o antiguos compañeros, ellas, las limpiadoras, eran invisibles. No le preocupaba que la reconocieran pero le agradó saber que nadie la iba a ver por mucho tiempo que estuviera allí. Tantos años. Nunca nadie la reconoció.



Fue a despertar a María y la vio con en el pelo negro revuelto sobre la almohada. Tenía tantas ganas de ir a la universidad que no pudo evitar que le diera pena saber que se iba a decepcionar. María nunca preguntaba, nunca juzgaba, nunca se rebelaba. Le admiraba su capacidad de comprender a los demás. Hacía años en el colegio quisieron hacerle test y ponerle números a su brillo. Pilar se negó. No, no quería saber qué era su hija. O no necesitaba saber que era lo que era. ¿Cómo se podía cuantificar la inteligencia? No quería que le dieran un rol para luego juzgarla sobre él. No quería que la juzgaran por no ser lo que los profesores o psicólogos querían que fuera.

María se despertó y le dio un beso. Por supuesto, no dijo nada. Le brillaban los ojos. Desayunó, se vistió rápido y se marchó con una carpeta rosa bajo el brazo a su primer día de facultad. Hace años en un día parecido había sido ella la que había empezado la carrera. Con una carpeta negra llena de pegatinas de política. Recordó una mañana soleada, el empedrado de la calle S. Jerónimo brillando como si alguien acabara de pulir cada piedra y el edificio antiguo de la facultad de Derecho, con ese aire de convento castellano, que imponía un respeto casi histórico. Cuando llegó a la facultad se le encogió el pecho y estuvo haciendo esfuerzos por sonreír todo el día. Se sintió minúscula rodeada de tanta gente que parecía que sabía lo que iba a hacer. A María le iría bien. Seguro.

A principios de los ochenta, cuando ella empezó a trabajar en la facultad, había un paro brutal, acababa de morir el dictador y España era un país marrón que se desperezaba. Una mujer sóla con una hija pequeña no lo tendría fácil. Era abogada, como tantos otros. No le importó fregar. Era un trabajo mecánico y le permitía no pensar nunca en lo que estaba haciendo. Hoy tenía la sensación de que había llegado a la meta. María completaba el círculo. Miró a la estantería y vio todos los libros que atesoraba. Años de visitas a las librerías de viejo. Allí, en la esquina de la derecha de arriba, su libro favorito, las Obras Completas de Miguel Hernández que algún desalmado había forrado con plástico y celo. Colgaría de los pies en una plaza pública a los que forran los libros con plástico. Allí estaban los libros de marxismo con los que iban a cambiar el mundo cuando era joven y las novelas que la habían cambiado a ella. Los libros de viajes con los que había estado en otros mundos y los de crímenes con los que había conocido este. Veía el mundo a través de los libros y de los ojos de su hija. No importaba, no quería, nada más.

Sintió un cansancio brutal. Hoy iría a la facultad, recogería sus cosas y no volvería. Era el momento de buscar trabajo. Y a ella no le importaba trabajar duro. No le había contado nada a María pero había hecho cuentas. Toda la vida había hecho cuentas para todo. Sobrevivir consiste básicamente en hacer cuentas.

Fue al armario y cogió el vestido negro nuevo. Hoy no quería ser invisible. Quería despedirse de la puñetera facultad y que la vieran al menos el último día. Se maquilló con discreción. Se miró en el espejo largo y pensó que no estaba nada mal y que tenía pinta de abogada cuarentona. Lo que era. Pero ella se había dedicado a la universidad. Una carrera universitaria. Indiscutiblemente, una larga carrera universitaria.