domingo, 6 de abril de 2008

Seguir

Seguir.

El final de las calles sin final es el infinito del tiempo finito.

Ir rápido, correr pero que no se note. Huir. Andar como si todo fuera normal. La falda se me levanta y la gente me mira. La luz se está yendo. ¿Dónde estoy? Si sigo andando llegaré. Ando más rápido. Hay un escaparate con zapatos. Si me paro parecerá normal. Me paro. Miro los zapatos blancos. Son bonitos y caros. No me gustan los zapatos blancos. Me educaron para no ponerme zapatos blancos. Me miro los pies y casi no los veo. ¿Qué me pasa? Miro hacia arriba, hacia el final de la calle y parece no tener fin. Cuando no sabes de qué huyes no puedes escapar. Pero sé que tengo que escapar, sé de quién tengo que huir. Aunque sea imposible. Sé que tengo que llegar al final. Un semáforo. Descanso.

El horizonte del atardecer es un juego de colores. La calle sube. Vuelvo a andar rápido. Me miran unos albañiles. Todavía no estoy tan vieja. ¿Habré engordado? Si te miran los obreros cutres es que has engordado. Me miran. Se me levanta la falda al andar. Me duele el pecho. Busco un escaparate. ¿Me mira alguien? ¿Se notará? Relojes. La gente usa relojes. Me hubiera gustado regalarle a Marcos uno. Pero él decía que con el móvil ya sabía la hora. Pero eso era antes. Ahora tengo que andar y huir. Llegar al final. Allí arriba, al final de la calle. Respiro hondo. Miro hacia todos los lados. ¿Me miran? Supongo que no hay nada más sospechoso que alguien que piensa que es sospechoso. Pero yo soy normal. Yo era normal. Antes. ¿Qué ha ocurrido? Sé lo que ha ocurrido, ya no puedo ocultarlo más. ¿Lo notarán? No, no se lo pueden imaginar, pero tengo que llegar. Al final.

Es marzo y las tardes se alargan. Tengo miedo a que caiga la noche. Después cerrarán las tiendas y, luego, las calles. Avanzo pero la meta está demasiado lejos. No llegaré antes de que anochezca. Me cogerán. Hay veces que sólo queda luchar. Correr y no desesperar. Hoy, sólo queda andar. Aunque me duela el pecho y se me levante la falda. Dentro de poco llegará la primavera. Antes éramos felices en primavera. Antes. Prefiero que no huela a primavera. No lo podría soportar. Oigo una sirena. Me asusto. Me pego contra un cajero. Hago como si sacara dinero. Pero no llevo bolso. No llevo nada. Tengo las manos sospechosamente vacías. Me gustaba llevar bolso. Que fuera grande, tener siempre todo lo que necesitara, todo controlado. Marcos me daba su móvil y sus llaves y yo los llevaba.

Una rotonda. Cuando voy en coche odio las rotondas. Nadie se para, nadie cede el paso. ¿Habrá alguien que siga siendo educado en una rotonda? Me gusta ahora. Me entretengo en buscar los pasos de peatones. Quiero hacerlo bien. Bien, bien. Hacer algo bien. Me olvido por un instante de que estoy huyendo. Me concentro y lo hago bien. Marcos siempre me decía que lo hacía bien. Qué pena que no me lo pudiera creer. Sabía que lo decía para animarme. Llego hasta el paso de peatones, miro las anchas lineas blancas de pintura en el asfalto. Me gustaría que hubiera llovido para que la pintura blanca brillara. No debo de perder el tiempo pero debo hacerlo, darle una vuelta completa. Miro alrededor. Pensarán que estoy loca. Si pienso que estoy haciendo algo normal no se darán cuenta. Me mira un niño y se ríe. Se está riendo de mí. Espero un poco y se detienen los coches. Cruzo. Lo hago perfecto. ¡Soy una gran peatona! Voy a girar y me detengo, ¿se darán cuenta? No soy capaz. Vuelvo a la calle y miro hacia arriba. Allí está la meta. No me puedo entretener, tengo que llegar.

Respiro y ando. Cada vez más rápido, sin despistarme, miro el final de la calle y veo las nubes entremezclarse con la última luz del sol. Se acaba el día pero la calle parece no tener fin. Ando y no pienso. Siempre fui capaz de luchar. Lista y valiente. Me lo decía Marcos. Eres lista y valiente. Lista y valiente. Entonces yo sabía que el me quería y sus palabras eran un refugio acogedor. Me mira un hombre con traje. Me mira raro. Pasa junto a mí, pero va hacia abajo. No puedo volver la cabeza. Seguro que es uno de ellos. Me gustaría mirar y saber que no va a por mí. Me cogerán. Ando más.

No pensar, no recordar. Tendré que volver, tendré que recuperarme, tendré que volver a engañarme. Pero no podré. Sí que podré. Tendré que luchar. Ahora no, ahora sólo andar. Más rápido. Y parar a ver escaparates. Y no recordar. Que no llegue la primavera, por favor. Que no haya risas y que el sol no brille. No podré soportar la alegría. Tendré que recuperarme, volver a mentir. Aunque nada sea como antes. Antes. Otra sirena. Un bar vacío. No llevo dinero, no puedo parar. ¡No puedo parar! Qué tengo que ser para ser algo. Qué tengo que ser para ser algo. La canción de Los Secretos. Hace tantos años. Marcos me la cantaba al oído. Los hombres siempre creen que necesitamos cosas que no nos importan. Yo sólo quería estar calentita y que me dijera que era lista y valiente. Y no pensar. Sigo en la puerta del bar. Limpio y bien iluminado. Como le gustaban a él. Como le gustaban a su Hemingway. Otro hombre me mira.

Ando hacia arriba. Ya está casi oscuro. Tengo miedo. Me duelen las piernas. Me duele el pecho. Quiero que me abracen y que no haga frío. Tengo la canción en la cabeza. Quiero olvidarme. Una y otra vez. Tal vez forme parte de la pesadilla. La banda sonora que ha puesto un guionista cruel para que sufra más. No quiero pensar en otra canción, quiero el silencio. Voy a andar más deprisa. Noto las piernas tensas. Me duele más el pecho. Es casi de noche. Llegarán. Y todo se acabará. Tampoco está mal. Pero no puedo pensar en eso. Tengo que tener fuerzas. Hacer como si paseara y llegar allí, al final. Tengo que lograrlo. Luego lograré otra cosa. Y luego otra. Y aunque no vuelva a ser como antes, volverá a ser de alguna manera. No quiero pensar. Todavía no puedo. No quiero. No quiero que se haga de noche. No quiero cambiar y que nada cambie.

Qué se rompió. Da igual. No sé hacerlo bien. Soy lista y valiente cuando Marcos me abraza y me olvido. Un coche rojo. Grande y con los faros redondos. Está limpio y la poca luz que queda le da un aire de anuncio exagerado. Va una pareja discutiendo pero detrás tienen un niño en una sillita. Me mira. No son como nosotros. No son como yo. Aunque discutan. Me olvido de todo y del miedo. Andar hacia arriba. Andar sabiendo que no sirve para nada. Pero hay que hacer alguna maldita cosa bien: cruzar por los pasos de peatones y llegar al final de las calles. Algo bien hecho. Marcos quería un coche rojo. Ahora lo miro y me gusta también. Me tenía que haber gustado antes, cuando los coches rojos eran importantes. Antes.

No me tenía que haber escapado. Marcos me quería. Decía que necesitaba ayuda y que él me ayudaría. Sólo mentir, que bien sé mentir. Mentir y huir. La puerta blanca, un paseo hasta la cancela, una sonrisa y una frase amable y empezar a correr. Ahora me buscarán. Pero, ¿y si no me buscan?, ¿Y si no me encuentran? Hay algo peor que no lograr escapar: escapar de alguien que no te quiera coger. Puede que lo hayan comprendido, puede que Marcos se de que cuenta de que le mentí. Que el problema era yo. Puede que nadie quiera cogerme y que la calle no se acabe.

Suena la sirena. Cada vez más cerca. De esta no me escapo. Me cogerán y todo seguirá igual. La música se ha ido. La noche ha llegado. No podrán conmigo. Mentiré. Aunque me cojan. Seguiré. Miro hacia arriba, hacia donde no se llega a ver el final de la calle. Lo he intentado pero me he engañado. A mí también. Huir sólo sirve como huida. Lástima que no pueda escaparme de mí. Me van a coger y volverá el juego. Una excéntrica. Lo sé. Sé que son ellos. Ya no queda luz allí arriba. La esperanza está dentro. Lista y valiente, hacer las cosas bien. ¡No puedo! La calle tiene que acabar. Todas las calles tienen final. Oigo un coche que frena junto a mí e intento disimular. Quiero andar y me sujeta un brazo fuerte. Se acabó. Dirán que me han entendido.

1 comentario: